Decía la pregunta número 3: ¿Mi gran virtud es...?
¿Qué esperaba yo? Bien, cuando mandé las preguntas tuve muy en cuenta a quién las estaba mandando: personas que me conocen desde hace mucho y personas que desde menos, también a personas de distintos ámbitos. ¿Por qué? Porque las virtudes son móviles y no explotamos parte de nuestro potencial en distintas etapas de la misma manera. También influye, claro está, la relación con esa persona: hay diferentes niveles de profundidad, distintas variables en el juego de las relaciones con los demás. Hay vinculaciones en las que las virtudes, y también los defectos, podrían pasar desapercibidos. También está la forma que tiene cada uno de ver las virtudes: probablemente valoramos de los demás muchas veces aquello de lo que carecemos. Yo, por ejemplo, admiro la tranquilidad que emanan algunas personas capaces de quedarse en el mismo lugar durante mucho tiempo. Es algo que ahora empieza a emanar de mí, una especie de pasividad (no sé si bien entendida o mal entendida) y espero a que el barco se hunda del todo o el camino que ando desaparezca para saltar a nuevas veredas, como buena capitana de mi propia vida y como buena caminante peregrina, esperando, con autoconfianza, que un día salga de mí la energía que me ha de llevar al próximo paso). Blablabla, ese es uno de mis defectos, irme por las ramas, aunque este post va de virtudes y vuelvo a mi cauce.
Voy a repasar algunas de las virtudes que van saliendo, sean o no denominadores comunes:
- Me mantengo fiel a mí misma: mantengo los mismos valores e ideales a la vez que me voy transformando. Esta es una virtud que me ha sorprendido porque nunca la había considerado, ni como virtud, ni tampoco como defecto. Yo siempre me he centrado en esa transformación, en los cambios, pero en realidad si de algo he ido tomando conciencia este año es de todas aquellas constantes y fijezas que no cambian.
- Energía en grandes cantidades. Sí, es cierto, a veces no he sabido siquiera cómo drenar toda esa energía, aunque muchas otras veces también me ha vencido la pasividad, esperando que esa energía llegara. Siempre llega. Mis reflexiones en este año son precisamente que a veces he derrochado esa energía, que, teniéndola, debería encauzarla en ciertas direcciones. Lo he hecho bien muchas veces, pero otras no tanto.
- Valiente y saliente de la zona de confort. Lo de "saliente" lo he acuñado yo. De hecho, es curioso, pero a veces me cuesta identificar cuál es mi zona de confort, si la zona de confort no será la permanencia, el largo plazo (aunque hay cosas que permanecen). Pero sí, siempre digo que hay que arriesgar y que hay que apostar y que en esa apuesta es donde ganamos. Valiente no es que no tenga miedo, no es que no haya pasado ansiedad y angustias, es solo que no podemos siempre mantenernos donde hemos estado. Cada uno conoce también sus límites, hay miedos que no son obligatoriamente necesarios superar, creo yo: si a mí me da terror saltar al agua desde una roca de 10 metros en una playa no es obligatorio saltar para vencer al miedo (¡aunque salté!), salta si quieres, si ese miedo te empuja a vencerlo, pero hay que aprender a elegir qué batallas contra el miedo quieres pelear.
Muchas veces será difícil identificar cuál es la zona de confort, porque no siempre está tan claro que es lo que hay que hacer para salir de ella, ni cuánto o en qué hay que arriesgar. Para alguien que siempre esté de un lado para el otro sintiéndose libre, salir fuera de su zona de confort puede pasar precisamente por trabajarse internamente el apego y conseguir permanecer en un lugar o junto a una persona (pienso, mientros digo esto, en el astrólogo Pablo Flores).
Parece que a veces se ha maltratado algo la expresión de tan manida que está, considerando que todo el mundo debe emprender, asumir nuevos proyectos, etc., pero en realidad gran parte de las cosas importantes de la vida residen en permanecer. No significa que no haya emprendimiento en esa permanencia, salir de la zona de confort no es tirarlo todo por los aires.
Por otra parte, una de las características de la zona de confort es que es una zona donde controlamos las cosas. Explica Mario Alonso Puig que cuando uno sale de su zona de confort hay una especie de hundimiento interno donde uno se siente incierto perdido y con miedo (no sé cómo lo dice exactamente, pero esa es la idea principal) y más allá de esa etapa consigues las oportunidades y las posibilidades. Es cierto. En mi caso, pese a que no estoy muy a gusto en lo conocido y lo familiar durante mucho tiempo, cosa que a veces se confunde con la zona de confort, y necesito ir saliendo de ello, sí necesito controlar ciertas cosas. Es algo que a mí me cuesta de ver, pero otras personas han sido capaces de verlo en mí. Yo no lo llamo control, pero a falta de una expresión mejor tendré que usar esta misma. Evidentemente, cuando yo me alejo de lo conocido, siento miedo e incertidumbre, aunque también se siente entusiasmo en ese hundimiento o, en realidad, lo que en catalán diríamos neguit, traducible como inquietud (aunque pierde matices).
- Independiente. Bien, ámate a ti misma y no dependas de nadie. Como todo, los extremos son malos, hay que aprender también a dejarse caer en los demás. Gracias a Dios, la vida me rompió una rodilla para aprender a dejarme cuidar y experimentar (no saber, sino experimentar) cuán importantes son los demás en nuestra propia persona. Somos independientes, pero estamos interconectados.
- Relativización de las cosas y calma. A veces, demasiada relativización y demasiada calma; otras veces, gran cantidad de energía interna parecida al enfado o a la ira pero que no se materializa en ira. Sí, por algún motivo todo lo relativizo, pero también, cuando las cosas no funcionan como deberían (frase que nos lleva a la virtud siguiente), no es que pierda la calma, pero sí la capacidad de relativización y de dar un paso atrás. Quizá la cuestión en mí no es tanto trabajar ese paso atrás, que también, sino el involucrarme más emocionalmente con las emociones que siento cuando la estructura o el procedimiento de algo no está funcionando.
- Perfeccionista y responsable: sí, soy responsable cuando me comprometo con algo y soy también perfeccionista. Leía el otro día en una imagen compartida en las redes sobre el círculo vicioso del perfeccionismo (del gabinete psicológico de Hodgson & Burque). En esta imagen, que constituye un círculo con el mismo punto inicial y final, se pasa por: perfeccionismo > miedo al fracaso o error > posposición o falta de alcance de metas > culpabilidad y crítica excesiva > ansiedad y desánimo > disimulación de la autoestima > aumento del miedo al error > más culpabilidad > perfeccionismo, y vuelta a empezar. Me cuesta todavía comprender el círculo o no veo cómo aplica a mí que el miedo al fracaso o al error me lleve a la posposición o falta de alcance de metas. El resto sí lo comparto: la excesiva crítica conduce a la ansiedad o la tensión y al desánimo.
El perfeccionismo no es en sí malo, es una cuestión de querer hacer las cosas bien, de que estén correctas y, si no, de mejorarlas. Siempre y cuando no intentes controlar lo que escapa fuera de nuestro control, es fantástico. Pero también ocurre que aplicas esa manera de hacer las cosas a ámbitos donde no deberías o a tareas que a veces no merecen ese gasto de energía y tiempo extra que empleamos en que no solo algo esté bien sino en que esté perfecto. Este año he aprendido a despreocuparme un poco, en el mejor de los sentidos, y en muchas tareas a saber cuando está suficientemente bien. He cambiado la palabra "mediocridad", de la que durante años me he llenado la boca, por la expresión "está suficientemente bien". Mi perfeccionismo ha operado como un censor crítico interno que me ha llevado a hacer cosas fantásticas, pero que en otros aspectos lo único que hacía era estresarme más de la cuenta, de modo que lo que me ponía bajo presión no era la tarea en sí, sino el ansia de hacerla perfecta. Además, el criterio para tomar algunas de las decisiones más importantes de mi vida se basaban en la mejor opción, cuando en realidad lo mejor es relativo. Dependen los pasos que damos por la vida de tantas variables, que es difícil ver cómo algunas opciones podrían ser realmente mejores que otras. Son y simplemente son.
¿Pero de dónde viene el perfecciosnimo? Es difícil indagar en sus causas. Un perfeccionista no quiere dejar de ser perfeccionista sino mejorar su perfeccionismo (a propósito de esta frase, he encontrado una viñeta muy divertida que expresa esta misma idea). Mi perfeccionismo no está enfocado al mundo externo a mí, no surge de la sensación de que la realidad no es como debería ser, pese a que en el fondo sepa que no debería ser así; mi perfeccionismo ha aplicado siempre a mí misma. No obstante, también las faltas de funcionamiento de algunas cosas me ha podido conducir a no aceptar a veces la realidad tal como es. Por eso quienes me conocen en los círculos más privados saben que soy algo quejica (aunque no quiero llamarme quejica, solo persona que a veces se queja). En los últimos tiempos, además, he entrado en contacto con mi ira interna, teniendo en cuenta que durante años difícilmente me enfadaba. Ahora sé que ese enfado se va a otra parte y que vuelve en otras formas, aunque no sea en forma de ira: vuelve en forma de crítica y de desprecio (¡casi mejor enfadarse a gritos y apretar los puños!).
Este perfeccionismo está también relacionado con la completud. Por ejemplo, cuando antes aprendía algo nuevo, nunca lo hacía ni por la nota (si había examen) ni por el resultado final, sino por el propio proceso de aprendizaje y el gozo de aprender algo nuevo. Sin embargo, el enfoque siempre era: aprender lo máximo (¡todo, si se puede!), lo cual te lleva a resultados muy satisfactorios. El proceso también era muy satisfactorio. Lo que a mí me devora a veces ese el ansia de saberlo todo respecto a algo, por eso a veces sigo leyendo cuando ya hay que parar de leer y ponerse manos a la obra. Y no es siquiera un refugio, como muchos podrían pensar, es, en realidad, un ansia de saber. Si comento esto es porque el perfeccionismo puede aplicar a todo, en el sentido de que por ejemplo para mí la mejor opción no es la que ofrece más resultados, sino aquella con la que aprendes más significativamente. En cierto modo, eso es también seguir el camino de lo mejor.
Dicen que los perfeccionistas son competitivos, pero a mí nunca me ha importado el estatus ni ser la mejor en algo. Tampoco me comparo con los demás, miro qué hacen los demás para aprender de ellos desde una posición de admiración. ¿Le deseo a quien tiene éxito que no triunfe? Jamás.
¿Está mi autoestima basada en el alcance de metas ideales inalcanzables? ¿Se basa mi ego en hacer las cosas perfectas? Para la primera, seguro que no, no podríamos explicar por qué soy resolutiva cuando me he propuesto un objetivo. Mis metas son alcanzables. Ahora bien, imaginemos que no lograse mis metas o que las cosas me salieran mal y fracasara. De hecho, ¿qué he hecho cuando he fracaso? En varios casos, he tenido claro que el fracaso es la base para el éxito siguiente. En otros, me he culpado un buen rato. No aplico el perfeccionismo a todo, probablemente solo a aquello sobre lo que he construido mi imagen personal: yo no llevo el pelo perfecto, ni mis rutinas son perfectas ni mis hábitos son perfectos (conocerlos, erradicar malos hábitos y generar hábitos saludables para descansar y relajarme mejor es uno de mis propósitos de este año), yo no sé cantar pero puedo subir vídeos tocando la guitarra mientras canto mal y no tengo ningún inconveniente. Sin embargo, sí hago algunas cosas desde el perfeccionismo. En ello es en lo que digo que he estado trabajando este año, no estrictamente trabajándolo dándole 1000 vueltas, sino fluyendo un poco más, y no fluyendo porque fluir es la mejor opción, sino porque así la vida me muestra que se está mejor (¡ups!), o sea, que, vaya, que la vida me muestra. Hay algo más interesante que esto y es que mi perfeccionismo funcional sí es una virtud. Cuando alguien dice que es demasiado perfeccionista, ¡chás!, defecto, pero cuando alguien trabaja responsablemente por que las cosas salgan bien, no las suyas, sino las de todos de forma cooperativa, eso ya es otra historia. No se trata de ser un irresponsable despreocupado, sino de reencauzar el talento natural de afán de mejora de forma sana y con buenas dosis ahí donde la causa lo merezca. Durante los últimos meses de pandemia, confinamiento y restricciones variadas, he tenido la oportunidad de advertir o darme cuenta de que quiero no solo ser útil, sino servir y de que me gustaría servir a la comunidad no solo enseñando, sino también mediante la mejora de procesos. Todavía no sé ni qué ni cómo y necesito realmente conocer el funcionamiento de las cosas si de veras quiero cambiarlas, sé que querré cambiarlas desde quien acepta que la realidad está bien como es, aunque hay cosas que deben cambiar, y desde quien sabe que la vida es un regalo (aunque a veces sea un infierno). Esto es solo una semilla de la que poco más puedo decir por ahora.
Como ejemplo de este perfeccionismo, valgan estos últimos párrafos o toda esta entrada. El hecho de que la reflexión sobre la pregunta de las virtudes me haya ido llevando (casi automáticamente, aunque soy consciente de ello) por cada virtud a preguntarme si estoy excediendo esa virtud hasta llegar al defecto, ya es una divertida prueba de que este rasgo está muy asentado en mí. No obstante, el hecho de que no esté revisando cada uno de los posts para que estén perfectos, es también un ejemplo de que no estoy aplicando en sentido estricto este rasgo a el proyecto de 99 preguntas y media (o una pregunta y media).
Llego a la última virtud, que creo haber dejado para el final porque es, de hecho, uno de los casi denominadores comunes:
- Determinación y persistencia, practicidad y resolutividad para llevar a cabo mis objetivos. Pese a que a veces pierdo de vista los objetivos o mi propósito (no en balde intento ahora buscar mi propósito, aunque parece que el propósito es la propia existencia en sí), cuando tengo una meta o un objetivo, cuento con la determinación y con la constancia de llevarlo a cabo hasta llegar a la meta. Sin embargo, nunca me ha importado la meta, una vez alcanzada, voy a lo siguiente. Cuando el objetivo ya está fijado, es cuestión de ser práctica y de ir punto por punto para lograrlo. Evidentemente, hay piedras en el camino y a veces pierdo el rumbo o, mejor dicho, la rutina y la motivación intrínseca que me lleva a ese propósito. Cuando eso sucede, sé que me reencauzaré, que tengo que administrarme una buena dosis de motivación para volverme a poner a ello. Vuelvo al punto de la energía que mencionaba antes, sé que la energía volverá, aunque a veces es cuestión de pérdida de motivación o replanteamiento de los motivos por los que nos dirigimos a esos propósitos (por eso motivación viene de motivos).
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